Publicado el 02/03/2009
Por raulcelsoar
La última voluntad de Jorge Luis Borges
Mateo Sancho Cardiel
EFE

El escritor argentino Jorge Luis Borges envió el 6 de mayo de 1986, semanas antes de morir, una carta a la Agencia EFE en la que reconocía “la determinación de ser un hombre invisible” en Ginebra, una ciudad en la que se sentía “misteriosamente feliz”. En plena polémica, alrededor de la idea de la legisladora peronista María Beatriz Lenz de repatriar los restos mortales de Borges a Argentina, este documento en poder de EFE cobra nueva importancia y arroja un poco más de luz sobre el apego del escritor a la ciudad suiza en los últimos días de su vida.

En Ginebra, había estudiado en su juventud y regresado en numerosas ocasiones, y desde allí se reabre, 23 años después de su muerte, el debate sobre si la voluntad del hombre como individuo debe ser superada por el hombre como patrimonio cultural de un país.
“Soy un hombre libre. He resuelto quedarme en Ginebra, porque Ginebra corresponde a los años más felices de mi vida”, explica la carta, enviada al entonces presidente de EFE, Ricardo Utrilla, y difundida el 21 de mayo de 1986.
Borges, que había definido la muerte como “la gran esperanza que me queda”, en una entrevista con EFE tres años antes de su fallecimiento ocurrido el 14 de junio de 1986, en Ginebra, y fue enterrado en el cementerio de Plainpalais de esa ciudad, pero la diputada argentina propuso trasladar sus restos al camposanto porteño de La Recoleta.
“Mi Buenos Aires sigue siendo el de las guitarras, el de las milongas, el de los aljibes, el de los patios. Nada de eso existe ahora. Es una gran ciudad como tantas otras”, le “responde” avant la lettre Borges en la carta.
“En Ginebra, me siento extrañamente feliz. Eso nada tiene que ver con el culto de mis mayores y con el esencial amor a la patria. Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado, como cierto personaje de Wells, la determinación de ser un hombre invisible”, concluía.
Estos testimonios actualizaban -y parecían contradecir- lo que defiende su biógrafo Alejandro Váccaro o lo que el propio Borges (nacido en Buenos Aires el 24 de agosto 1899) afirmaba en una entrevista realizada en 1969 para el documental francés “Le passé qui ne menace pas” con a respecto a su deseo de ser enterrado en Buenos Aires. Herencia y acoso periodístico
El autor de “Ficciones” rompió su silencio de meses con la mencionada carta, con la que quiso aplacar el “asedio de los periodistas” que, entonces, crearon la enésima polémica alrededor de su figura, basada en su residencia en Ginebra y su matrimonio con su secretaria y compañera María Kodama.
“Les envío estas líneas para que las publiquen donde quieran. Lo hago para terminar de una vez por todas” con “las llamadas y las preguntas de las que estoy cansado”, escribía, a máquina y con firma a mano, en la carta a EFE. Borges, que mantuvo siempre una postura crítica con respecto a la política de su país, escapaba en Suiza de las acusaciones de traidor a la patria argentina, donde gobernaba Raúl Alfonsín, pero sufría aun así el acoso de la prensa, según Paloma Caballero, delegada de la Agencia EFE en Ginebra en aquella época.
Según la periodista, era “una pesadilla” la relación que mantenía Borges con los periodistas argentinos destacados en la ciudad, lo que explica que el autor de “El Aleph” se dirigiera a la agencia francesa, con la que tenía “una relación excelente” y para la que había firmado, además, numerosas colaboraciones. “Los informantes (de Argentina) -muchos de ellos considerados amarillistas- no cesaban de llegar a la ciudad suiza y hacían guardia en un hotel céntrico ginebrino -ya desaparecido- en el que se alojaba siempre Borges”, explica Caballero.
Esa situación empeoró tras su muerte y se centró en Kodama, la misma que siempre defendió que los versos “si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores” nunca fueron escritos por su esposo.
“Salía a la calle aterrorizada. La perseguían hasta el banco para ver cuánto dinero sacaba, ya que se escribía sobre las cuentas millonarias en Suiza del fallecido escritor”, asegura la periodista.
Caballero explica, además, cómo la razón de trasladar entonces a su país a Borges no respondía tanto a la intención de “adorarle como gran escritor” como a la cuestión de la herencia. Familiares, amigos y antiguos empleados domésticos aspiraban a un patrimonio del que Kodama era la heredera universal según las leyes suizas, mientras que la situación cambiaba en Argentina, donde no era reconocido este matrimonio, celebrado en Paraguay, en segundas nupcias y pocos meses antes de la muerte del literato.
Finalmente, y tras analizarlo durante días, Suiza decidió “acoger” el cuerpo de Borges en el más exquisito de los cementerios ginebrinos, donde, junto a personalidades como Juan Calvino o Jean Piaget, “estoy segura de que descansa felicísimo”, concluye Caballero.
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MI CORAZÓN SEGUIRÁ
Cada noche, en mis sueños,
Te veo, te siento.
De esa manera sé que sigues.
Lejos, más allá de la distancia
Y espacio entre nosotros,
Has venido para mostrar que sigues.
Cerca, lejos, dondequiera que estés,
Creo que tu corazón aún sigue.
Una vez más, abriste la puerta
Y estás aquí, en mi corazón.
Y mi corazón seguirá y seguirá.
El amor puede tocarnos una vez,
Y durar toda una vida.
Y nunca cesar hasta que ya no estemos.
El amor era cuando te amaba,
Una verdadera oportunidad para guardar.
En mi vida, siempre seguiremos.
Ce rca, lejos, dondequiera que estés,
Creo que tu corazón aún sigue.
Una vez más, abriste la puerta
Y estás aquí, en mi corazón.
Y mi corazón seguirá y seguirá.
Estás aquí, no hay nada que temer.
Y sé que mi corazón seguirá.
Perma neceremos así para siempre.
Estás seguro en mi corazón.
Y mi corazón seguirá y seguirá.
EL CAMINO DE LAS LAGRIMAS
Lev anto la vista y miro el camino hacia adelante.
Desd e donde estoy, el paisaje parece un pantano.
Unos metros al frente la tierra se vuelve un lodazal.
Cient os de charcos y barriales
me muestran que el sendero que sigue
es peligroso y resbaladizo...
No es la lluvia lo que ha empapado la tierra.
Son las lágrimas de todos los que pasaron antes
por este camino
mientra s iban llorando una pérdida.
T ambién las mías, creo....
pro nto mojarán el sendero.
J ORGE BUCAY
VER
http://www.a rgentino.com.ar
://www .cenaih.com.ar
La oración en la
psicoterapia
“La oración
puede cambiar su vida”
“La oración puede
cambiar su vida”,
son las palabras
que emplea en el
prólogo de su libro
William Parker
y que surgen de
experimentos llevados
a cabo durante cinco años
en la Universidad de Redlands
donde se probó que
“la oración puede
producir una renovación,
un renacimiento,
que los hombres y mujeres
pueden convertir
en hermosuras las cenizas,
liberarse de los temores,
la depresión,
el abatimiento
y las dificultades conyugales”.
Todo esto dice la introducción
de este interesante libro
y agrega en otro párrafo el autor:
“Hemos presenciado curaciones
físicas dramáticas en que
el tartamudeo,
la artritis,
los continuos dolores de cabeza,
la presión arterial alta,
han cedido ante el poder de la oración”
Los cuatro demonios
“La psicología ha descubierto a los cuatro principales agitadores del inconsciente personal. Son el temor, la culpabilidad, los sentimientos de inferioridad, el amor extraviado (el odio). En nuestra terapia de oración, a medida que los miembros ganaban confianza y empezaban a compartir el contenido de los secretos señalamientos que se les hacían, cada individuo hallaba mucho consuelo al descubrir que raramente estaba inmune de ellos y que la mayoría tenía un poco de los cuatro, constituyendo así un círculo vicioso.”
En otra parte del libro se hace referencia al caso de un joven cultivador de naranjas que padecía de úlcera y la misma tenía sus raíces en la hostilidad, el resentimiento y el miedo.
El autor analiza aquí ¿cómo operaban los cuatro demonios en ese caso?
El círculo vicioso
“El recordó una parte de su vida cuando era joven, con sus padres trabajadores y sus hermanos mayores muy ocupados; evocó un fuerte sentimiento de haber sido descuidado, no deseado (inferioridad). Aunque ellos no se interesaban en él, por el contrario él deseaba profundamente amarlos y ser amado. Esa carencia de afecto y una creciente amargura produjeron en él una vergüenza que trataba de ocultar a los demás y terminó ocultándose a sí mismo (culpa). Surgían después vagos y nebulosos los temores y él se defendía de ellos con hostilidad y resentimiento (odio). Al final de la sesión hizo una declaración que todos los demás recordaríamos más tarde: “Hoy he recordado con qué violencia he tratado de ocultar mi vergüenza, y me siento más tolerante. Sé que la hostilidad viene de debajo donde hay dolor y temor, no de la vileza. Cuando usted encuentra rastros de uno de estos demonios, seguramente podrá descubrir la presencia de los otros. El más fuerte en mi caso era el odio, disfrazado de amargura y hostilidad, fue aquel por el cual inicié la ruptura del círculo vicioso en un proceso de exorcismo o expulsión”.
A continuación el autor se propone examinar a cada uno de los demonios para poder reconocerlos. En primer lugar habla del temor y dice: “Uno de los primeros problemas que debemos enfrentar cada uno de nosotros es el del temor. Un hecho médico bien conocido es el que el temor actúa sobre las glándulas endocrinas produciendo la disfunción de todo el sistema. Hablando en general, nacemos con dos temores: temor de caer y temor a los ruidos estruendosos. A la edad en que se llega a la madurez seguramente hemos acumulado docenas de temores: temor a la oscuridad, a las alturas, a los lugares cerrados, al sueño, a las serpientes, a las arañas, a la muerte, etc.
Pero a la cabeza de la lista, debido a los efectos nocivos que produce debemos colocar el temor a nuestros propios pensamientos. No nos atrevemos a pensar acerca de nosotros ni a vernos tal como somos realmente. Negamos determinados pensamientos y emociones. La honestidad interna, como lo hemos dicho antes, es sumamente dolorosa. Esta negación es una “defensa del yo” y esta “defensa del yo” puede hacer de la persona un prisionero dentro de la cárcel de sus propios pensamientos. Esto implica que las puertas interiores de la mente se cierran”.
Un poco más adelante afirma que : “El temor es el motivo de todas las represiones e inhibiciones. El temor a la culpa, el temor de ser descubierto, de ser humillado, comúnmente llamados “neurosis de angustia”son tremendamente dañinos y lo que entonces se requiere, como con todos los temores es encontrar el objeto que espanta, sacarlo a plena luz y encararlo. Si la confesión y los exámenes particulares de conciencia pueden hacerse con sencillez y honestidad, la supresión y la represión serán superadas. John Dollard, célebre psicólogo de la Universidad de Yale, ha enumerado siete clases de vanos temores bastante comunes entre nosotros: temor de fracasar, a la sexualidad, de la defensa de sí mismo, a confiar en los demás, de pensar, de hablar y el temor a la soledad”. Después de la descripción de cada uno de estos demonios el autor habla del poder curativo de la oración y dice al respecto: “Uno de los psiquiatras más eminentes, el doctor Karl Menninger, director de la famosa Clínica Menninger en Topeka, Kansas, dijo: “Si podemos amar lo suficiente...és ta es la piedra de toque. Esta es la llave para todo el programa terapéutico del moderno hospital psiquiátrico... El amor es la medicina para un mundo enfermo”.
Hace casi 2000 años, Juan, el discípulo amado, escribía una carta que decía: El amor perfecto echa fuera el temor; porque el temor supone castigo y el que teme no es perfecto en el amor.
Podemo s decir igualmente que aquel que tiene sentimientos de inferioridad, culpabilidad anormal, odio, no ha logrado ser perfecto en el amor. Desde Juan, a través de toda la literatura dedicada al alivio de la mente, del cuerpo y del espíritu, hasta la actualidad, encontraremos siempre reiterado el mismo tema: ¡ El amor es el poder curativo!
¿Q ué es Dios?
¿Por qué esto es así? Juan dio la respuesta en una de las pocas definiciones de Dios que tenemos en toda la Biblia: “Dios es amor”. Un Dios de amor es nuestro poder curativo.
Ah ora bien, no hay nada de sensacional en esta declaración.. Nosotros la hemos oído repetidas veces. Simplemente no la aceptamos. Si esto se convirtiese para nosotros en realidad, en parte misma de nuestra conciencia, veríamos milagro tras milagro. Pero ha sido repetido tan a menudo que lo decimos casi mecánicamente. De las innumerables personas a quienes he pedio que me den una definición de Dios, prácticamente todas han incluido el “Dios de amor”. Pero en nuestra experiencia en la terapia de oración, así como en el grupo de oración ocasional, hemos encontrado que, aunque den aquella definición, en realidad no la entienden, ni la sienten, ni la creen. Dios, así como mamá y papá, como el profesor y Santa Claus, suscitaría un efecto muy débil, si se tratara de niñas y niños buenos, si fueran ya perfectos (como ninguno de nosotros somos) No se les ocurrió que nosotros somos ahora, en este momento, tan perfectos como podemos serlo. Hicieron a un lado la dura lección del apóstol San Pablo de que “el bien que quiero no lo hago, pero el mal que no quiero, es lo que hago”hasta que como dice él: “con la mente yo mismo sirvo a la ley de Dios (que es amor) y acepto “el espíritu de adopción por el cual clamamos Abba ¡Padre!”. A menos de que podemos aceptar que el amor de Dios nos envuelve ahora con todas nuestras faltas, debilidades y limitaciones, no seremos mejores mañana ni siquiera por un ápice de lo que somos hoy. A menos que creamos en un Dios de amor nunca podremos llegar a ser honestos. El temor siempre nos separará del poder curativo”.
Más adelante el autor habla y después de un análisis concluye diciendo: “El sitio más maravilloso en donde encontramos a Dios, en donde lo localizamos y conocimos los que estábamos en la terapia de oración, fue en el reino interior, en su reino, en nuestra propia mente y conciencia”.
Esta obra es tan buena que realmente la recomendamos para leerla completa, de todos modos en próximas actualizaciones vamos a transcribir otros párrafos muy interesantes de la misma.
ECLESIASTÉS
CAPÍTULO 1
Todo es vanidad
1:1 Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
1:2 Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.
1:3 ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?
1:4 Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.
1:5 Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta.
1:6 El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo.
1:7 Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.
1:8 Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.
1:9 ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.
1:10 ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.
1:11 No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.
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