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Publicado el 30/08/2009
Por Revista Literarte
Roberto Buenos Aires
                            Argentina




El verdulero                        

 Raúl sin ser feo, no era lindo. Un poco rechoncho, más bien bajo y ligeramente panzón. Tenía un aspecto común. Alguien del montón. Claro que si uno lo conocía más íntimamente podía descubrir que tenía corazón de poeta o de artista. Algo que ni él mismo sabía que estaba esperando en su interior la oportunidad para expresarse. Nadie le había dado nunca demasiada importancia. Ni su madre le había prestado mucha atención comparada con la que absorbía su hermano más pintón y sinvergüenza.  Raúl fue siempre un pibe bueno, obediente y laburador. Asistió sólo un año al secundario porque tuvo que hacerse cargo de la verdulería cuando murió sorpresivamente su padre. Su hermano no podía ocuparse de eso porque estaba estudiando  distraídamente la carrera de abogacía. Raúl levantó la verdulería y con ella mantenía bien a su madre y a su hermano. No podía decir que le fuera mal. Vivía en la casa que fuera de su padre a la que remodeló con mucho buen gusto. Construyó en ella lo que gustaba llamar “su penthouse”. Dos habitaciones y baño completo, todo bien aislado de esas dos personas que eran su familia pero que también le eran extrañas.  Tenía un auto y alguna vez hasta tuvo una novia. Una novia que, al igual que su madre, tampoco tenía mucho interés en él, así que Raúl prefirió la soledad y se dedicó a embellecer la verdulería. Su alma escondida de artista se manifestó en la manera de ordenar la verdura y las frutas en los cajones. Comenzó buscando la armonía de colores y la simetría. Pero eso no era suficiente para él, así que pronto se animó a hacer dibujos y finalmente construyó una enorme bandeja donde dibujaba flores, banderas y hasta caras muy expresivas colocando adecuadamente los tomates, zanahorias, zapallos o bananas. Para unas fiestas del barrio dibujó una mujer semi desnuda besando a un angelito. En sus manos las verduras se convertían en pinturas que además exhalaban perfumes de la tierra y de la buena mesa. Pero su verdadera pasión eran los tangos. A la tardecita, cuando terminaba el trabajo en la verdulería iba a su penthouse y se preparaba para soñar escuchando tangos en soledad. Era todo un rito que se lo tomaba muy en serio. Antes se bañaba y se vestía elegantemente con saco y corbata, como un verdadero tanguero. Luego se perfumaba y se sentaba en un sillón reclinable que había comprado nada más que para esas, sus misas privadas y solitarias. Ponía la habitación en penumbra y daba comienzo a la función. Pugliese, Troilo, Fresedo...Cada tres o cuatro escuchaba uno cantado. En ese caso lo repetía. Conversaba en silencio con el tango. Las letras eran para él verdaderas novelas que lo emocionaban una y otra vez. Así todos los días de su soledad hasta que llegó a arañar los cuarenta años. Un día se decidió y venciendo su vergüenza fue a una academia para aprender a bailar tango. Pronto aprendió las coreografías más sencillas: el “básico”, el ”ocho” y el “ocho para atrás”, los “giros”, los “ganchos”, “el sanguchito” y hasta algunas “arrastradas”. En la academia aprendía las coreografías, pero a la noche en su penthouse, apretando a su pecho un gran almohadón le agregaba la emoción mágica que solo tienen los tangos o los “blues”. En su habitación y a solas, Raúl era un gran bailarín. Finalmente llegó el día en el que creyó que ya estaba en condiciones de largarse a la milonga. Fue sólo, como siempre. Se empilchó con lo mejor. Saco oscuro, chaleco, camisa blanca y no negra porque no quiso disfrazarse de milonguero. Todo lo completó con una corbata de seda italiana. No se animó a los zapatos de charol porque no quería llamar la atención pero se puso unos de Navarro negros y bien lustrados. Como se le hizo algo tarde salió “a la disparada” y recién cuando llegó a la milonga se dio cuenta que no se había perfumado. Casi se vuelve pensando que con “olor a verdulería” iba a hacer un papelón. Sin embargo “le dio para adelante” porque ya no le quedaban años para perder y además pensó “Total, que mujer va a aceptar bailar conmigo. Voy a ver como es la cosa y chau”. EN ese estado de ánimo llegó a la Ideal a las diez y media de la noche. Se sentó, o más bien se “escondió” en una mesa penumbrosa para poder “junar el ambiente” como un espía ansioso de entrar en acción pero temeroso de fracasar. Tomó un café y comenzó a absorber ese mundo que se le iba entrando en el corazón invadiendo su carne y su mente. La música que tanto amaba, los códigos inocentes de los milongueros, los gestos, las cadencias y especialmente las mujeres. “¡Qué diferentes son las mujeres cuando están en la milonga! Todas son sensuales, provocativas, decididas y deseables”, pensó con tristeza sabiendo que sería ignorado por ellas. Las veía moviendo suavemente sus caderas, mostrando el comienzo de sus muslos, poniendo la mano izquierda sobre la nuca de su hombre circunstancial al que apretaban y provocaban con sus pechos.  Sin embargo, casi una hora después de mirar y mirar y de tomar tres cafés, decidió jugarse. Ya había cruzado su mirada con una mujer de más o menos su misma edad que lo sorprendió sosteniéndole la mirada un par de segundos. La volvió a mirar y ella le contestó con una sonrisa apenas perceptible “¿Qué hago? Pensó. No estaba preparado para entrar en acción. “Y bueno, me largo. Seguro que cuando me huela a “verdulero” me deja pagando en medio de la pista”. Se puso de pie y temblandolé las rodillas caminó hacia ella como si estuviera dominando la situación. Ella, no bien lo advirtió miró hacia el infinito haciéndose valer. “Me permite” le dijo al llegar hasta su mesa e inmediatamente se sintió estúpido por no tener una frase de presentación menos vulgar. Ella se levantó como haciéndole un favor  a ese renacuajo y sin mirarlo caminaron al centro de la pista. Lo miró de frente un segundo, puso su mano izquierda sobre el hombro de Raúl y se hubiera largado a bailar si no fuera porque él, con su mano derecha en la espalda de ella la retuvo haciéndole saber que durante los próximos tres minutos tendría que moverse siguiendo sus indicaciones. Así empezaron con “La Yumba”, nada menos que por una grabación de Pugliese. Primero dibujó tres básicos como para entrar en calor. Los dos primeros fueron movimientos, pero el tercero fue poesía porque se dejó llevar por la emoción de la música y la sensualidad de ese cuerpo de mujer entre sus manos. El movimiento se convirtió en cadencia y en romance. Cadencia que sorprendió a su pareja. Ella comenzó a prestarle atención. Le siguieron los “ochos”, los “giros”, alguna arrastradita. Raúl no bailaba, danzaba con el cuerpo y con el alma. Ella se dejó llevar y se entregó. Ese hombre insignificante bailaba como ella siempre quiso bailar. Entonces llevó su mano izquierda hasta el cuello de Raúl y apretó sus pechos contra el verdulero. Fue  en ese momento que lo olió. Sin separar el cuerpo de él abrió los ojos y mirándolo de frente le dijo sorprendida “¡Olés a verdura!”. Raúl compendió que había llegado su final miserablemente. Se detuvo como un gladiador vencido. Estaba a punto de disculparse, huir y no volver nunca más cuando oye desde su infierno que ella le dice “Me encanta el olor a frutas y a verduras, es mi perfume afrodisíaco” y sonriendo feliz le pregunta “Yo soy vegetariana y vos ¿Sos vegetariano?”. Raúl la miró a los ojos como sólo miran los recién enamorados, comenzó de nuevo a bailar la Yumba y le dijo canchero y pausadamente “Si, soy vegetariano a partir de este tango y para siempre”  
Publicado el 25/08/2009
Por Revista Literarte
Loreto Silva
                    Chile



Cuenta Regresiva
 

Recién salida de mi crisálida despliego mis alas húmedas, la hemolinfa las hace crecer, endurecerse y colorearse, por fin puedo volar. Tengo por delante 2 semanas de vida, aunque yo prefiero verlas como 14 días o mejor aún 336 horas, es decir 20.160 minutos, extraordinarios 1.209.600 segundos; y como una nave espacial que va a despegar he iniciado mi cuenta regresiva.

 

Tic Tac
 

Tic tac: sonó el reloj, tic tac: mi corazón, tic tac: alguien me abrazó, tic tac: allá vamos él y yo, tic: a mi casa entré, tac: en mi cama estoy, tic: mi esposo llega, tac: noticias vió, tic: la luz apagué, tac: él se durmió…

Tic: se acabó el amor, tac, tac, tac, tac…


Publicado el 24/08/2009
Por Revista Literarte
Silvia Némoz
                 Olavarría
       Provincia de Buenos Aires
                           Argentina


Un africano en Alaska

  

COSA DE NO creer el "Sí, primo querido...", del ugandés Titino Tobago Mandela, sin darse tiempo para tomar conciencia de las consecuencias que, en menos de lo que tose el gorrión alpino, su visto bueno le tiraría encima.

El primo en cuestión, Juneau, nacido y criado en Alaska, sonrió y, abrazo mediante, quedó sellado el trato: Titino viviría un tiempo en Alaska y Juneau en África con garantía para ambas partes de estornudar al menos cien veces por día, considerando los contextos climáticos.

Ya en Alaska y tiritando, absorto y más arrepentido que absorto, Titino intenta sobrevivir el blanco espanto cubriéndose con LA ropa encima y una manta que se ha traído desde su país natal:  hecha de elefante lanudo, al cual tendrían que verlo para creerlo, considerado uno de los paquidermos más extravagantes del mundo junto al elefante Primo, de la India (no tiene padres, ni hermanos, ni abuelos, ni tíos y tampoco hijos, solamente primos elefantes).

El africano sufre como un marrano y elabora un plan de urgencia para regresar a su África donde también sufre, pero como un "marr"; inmensas deudas con el fisco, el inesperado abandono de su joven esposa porque ésta se negaba a usar los ruleros previamente congelados en el freezer y la falta de trabajo para un hombre bajo (Titino mide 1,51 metros, pobre).

Lo que ignora Titino, a pocos metros de la hipotermina, es que su primo Juneau ha muerto en Uganda; también ha sido cremado y sus cenizas enviadas a Alaska, de acuerdo a su ante- último deseo (el último habría sido seguir viviendo, pero un ataque de 200 estornudos en 10' le desnucó la nuca, por supuesto).

Un esquimal conduce las cenizas del primo hasta el iglú donde está Titino y éste las coloca en un cenicero de hielo.

-Gracias, esquimal -le dice Titino.

Luego enciende un cigarrillo, se prepara un café y se queda observando adentro de su cabezota las primeras imágenes congeladas de los bueyes perdidos.


Publicado el 24/08/2009
Por Revista Literarte
Carlos Virgilio Zurita
               Santiago del Estero
                                       Argentina


Fotografía: "Claroscurorosado" de Antonio Cruz

MUÑECA QUE DICE SÍ Y NO 

Me pierde me abandona
me sostiene
su nombre invade mis papeles
me complica la existencia
ella es mi manera de vivir
última entre las esclavas de ojos azules
has vuelto y miras todo ésto
los escombros de los días sin vos
mi alfabeto arrasado
la lámpara que una mano desierta apagaba hacia el amanecer.
Sin embargo
estoy feliz
de haber estado triste tanto tiempo
al fin y al cabo
estoy loco de nosotros dos
tan semejantes tan cómplices
en acechar las mismas visiones


http://www.tardesamarillas.blogspot.com/

Publicado el 24/08/2009
Por Revista Literarte
Yanna
               Olavarría
          Provincia de Buenos Aires
                           Argentina



EL ÚLTIMO VUELO 

QUEDAMOS los pájaros
con
miedo
a
huir. 

El cielo
se
nos
cae
encima. 

Preferimos morir AQUÍ...

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