Tengo muchas ganas de escribir posts matemáticos. Hace unos días recordaba una historia que me pasó con un vecino de Talavera, a cuenta de una raiz cuadrada y su resolución por el Teorema de Taylor; pero como Ana dice que esos escritos son infumables, y en la casa de mi señora mandan ella y mi hija, pues nada, que uno es un pelín calzonazos y tendrá que ser otro día.
Hace unos días hablaba de mi descubrimiento de las tetas. Ocurrió cuando pasé de 5º a 6º de E.G.B. Me fui de vacaciones con mis compañeras siendo unas niñas con cuerpos de niñas; y regresé encontrando niñas con cuerpos de mujer, a mis compañeras les habian crecido las tetas, mejor dicho, ¡donde antes era un tabla de golpe aparecieron montañas!
Entrar en 6º de E.G.B. fue demasiado fuerte para mi. Pasé de tener sobresaliente de media a tener varios suspensos; de estar contentos en casa conmigo a pensar que tendrían que ponerme un profesor particular (al final apreté el culo y aprobé todo); y de ser un niño que sólo pensaba en cosas de niño, a ser un niño que, de repente, empezó a notar algunos cambios muy fuertes en su cerebro y físico. Creo que a partir de los 11 años es cuando las feromonas empiezan a hacer efecto sobre el cuerpo humano, y claro, nos confude.
Yo tuve de compañera aquel año a una chica, hasta entonces siempre fueron chicos, y debo de agradecerla muchas cosas; por ejemplo: la paciencia que tuvo soportándome. Mi compañera de pupitre se llamaba Patricia. Patricia era una chica muy guapa, rubia platino de ojos azules, que en 5º de E.G.B. parecía una niña desgarbada con granos y unos meses después era un muchacha despampanante con curvas por todos los sítios, y donde más en la pechuga, ¡joder qué tetas! La última vez que la vi fue hace unos 6 años (cuando todavía vivía con mis padres en Móstoles) en el Mercadona, iba con dos niños y seguía igual de rubia, con la piel igual de blanca, y con unas tetorras como cántaros, y con las curvas más pronunciadas todavía.
Con Patricia descubrí que había sujetadores que se ponen como una camiseta, y fue de lo más "gracioso". Hacía calor, aunque no recuerdo el mes del año, y Patricia llevaba una camiseta bastante ceñida que se le marcaba el bra, y mirando a través de la prenda descubrí un sujetador rarísimo, nunca antes catalogado por mi. Por cierto, en aquella época yo suspiraba por tener unas gafas, que anunciaban en las revistas, que según el anuncio servían para ver a las personas desnudas, ¡JAAAJAA! ¡no es coña! y yo me imaginaba con esas gafas escrutando a mi compañera de pupitre, ¡qué gañanaco empezaba a ser entonces! (Las revistas en las que venían esos anuncios eran Interviú y Tiempo, que las compraba mi padre todo los fines de semana).
Con que poco disimulo debería de estar mirándola, que Patricia no pudo por menos que regañarme.
Patricia.- Miguel, ¡deja ya de mirarme las tetas!
Yo.- Eeeeehhhh, que noooo, que no te las estaba mirando, no, bueeee.
Patricia.- ¡Si claro! pero si llevas un rato con la vista clavada.
Yo.- Veras, hay algo que me tiene intrigado, ¿qué clase de sujetador llevas que no tiene enganches?
Todo esto por lo bajini, porque estábamos haciendo ejercicios en clase y como levantáramos un poco la voz nos castigaban en un rincón mirando a la pared.
Patricia.- ¡JAAAA!
Varios compañeros se giraron, la profesora despertó de su letargo y bramó:
"Chico (me nombraban por el apellido) castigado a la pared. Patricia, separa tu mesa de él y no vuelvas a juntarla hasta nueva orden".
Terminó la clase, hubo cambio de profesor y me volví a sentar. Patricia juntó de nuevo las mesas y me dijo:
"Cuando salgamos del colegio te lo explico".
¡Se me hicieron interminables los minutos que pasaron hasta que llegaron las 17:00, y la bocina de la escuela avisó el fin del día escolar! Ya fuera del colegio, Patricia y yo modificamos cada uno su ruta de regreso a casa, para que dee esa manera pasáramos un rato andando juntos, y así ella pudiera explicarme esa clase de sujetador. Y me lo explicó.
Patricia.- Llevo un sujetador que no se engancha, se pone como una camiseta. Son más cómodos y no se marcan tanto los pezones. Mi madre también los lleva (digo yo que su madre también sería de delantera generosa).
Yo.- ¡Ah! ¡nunca he visto que se te marquen los pezones! puedo rozarlos para que se ponga erectos.
A ver, a ver, que lo dije sin maldad, era un niño que estaba descubriendo cosas y todo me extrañaba, no tenía malas intenciones, no había ni descubierto las "pajas", me salió del alma. Aquello ocurrió por el efecto de las feromonas, que a esas edades causan estragos en nuestros cuerpecitos.
El caso es que Patricia medió un tortazo que casi me tira. Me hizo tanto daño que me saltó las lágrimas y se marchó refunfuñando.
Me duró el moratón en la mejilla horas. Incluso me tuve que inventar en casa que me había pegado con un compañero, porque me daba miedo contar lo sucedido a mi madre, no fuera ser que me castigara y me llevara otro tortazo aún peor. Por cierto, a mi padre se lo conté al cabo de unos días y se meó de la risa.
Pero a pesar de todo, al día siguiente, Patricia había olvidado el desafortunado comentario. Sí me recordo que me había pasado un poco, y que no tenía nada de tacto, pero que aquello pasó y punto pelota.
Me encantó tener a aquella compañera. Ella me ayudaba con Lenguaje, y yo le ayudaba mucho en matemáticas, que a ella se le atravesaba y yo era uno de los mejores en clase.
Espero ponerme poco a poco al día con vosotros, llevo bastante retraso.
Aprovecho la ocasión para agradeceros los ánimos que me habeis dado con el mal funcionamiento de iEspaña.
Hay una definición bastante extensa del churro en la Wikipedia. Para leerla pinchar aquí.
Los churros que aparecen en la foto, que ilustra la explicación, no son churros como deberían ser. Los churros, churros, son a modo de un lazo; lo de la foto es un churro partido por dos.
El título corresponde a una pregunta que hice a mi padre cuando tendría unos 9 años, se lo pregunté en singular, no plural, mientras tenía un churro en la mano derecha y me disponía a mojarlo en un tazón de café con leche. Ocurrió una fría mañana de invierno, en Talavera de la Reina, mientras esperábamos a mi madre que había ido a comprar unas telas para no sé que mantel que tenía que hacer a no recuerdo quien.
- Miguelín.- Pachurri, ¿por qué el churro tiene esa forma?, ¿por qué no son como porras pero en pequeño?
- Mi sufrido padre.- Son así porque es la forma que les da el churrero al hacerlos. Una máquina saca un cordón de masa, como un macarrón gigante, y él lo va cortando con sus dedos, y a la vez le hace esa forma, antes de dejarlo caer a la olla de aceite hirviendo para que se frían.
- Miguelín.- ¡Ah! ¿pero por qué todo el mundo los hace así?
- Mi adorado padre.- No sé, será por tradición.
- Miguelín.- Pues si yo fuera churrero haría churros de fantasía.
- Mi mosqueado padre.- ¿Qué? ¿quieres ser churrero? En cuanto volvamos a Móstoles hablo con la Pepa (la dueña de una churrería que existía entonces al lado de nuestra casa) para que te enseñe el oficio.
- Miguelín.- ¡Ah no! Se pasa mucho calor y luego se huele a fritanga, no quiero, yo seré como los diseñadores, haré los diseños de fantasía en papel y luego se los daré al churrero para que los haga. La gloria me la llevaré yo, y la peste de aceite y el calorazo que se lo lleven los currelas (era muy ostiable entonces, lo reconozco).
- Mi iluminado padre.- Pues no se hable más. Haz los diseños y la Pepa te hará lo churros.
- Miguelín.- ¡De verdad! ¡Siiiiiii! (mientras se me iluminaba mi oronda cara).
Como cualquier niño de 9 años, cuando pasaron los días se me había olvidado el asunto de los churros de fantasía, ya estaba a otra cosa. Mi padre habló con la Pepa, seguro que echaron unas risas a mi costa, y la Pepa (pobre mujer, murió muy joven de un cáncer) le dijo a mi padre que sí, que lo haría, que le bajara los dibujos y los intentaría hacer al final de la jornada churrera, porque no era la primera vez que hacía figuritas con la masa de los churros y las porras.
Pasaron algunas semanas y llegó el domingo. El domingo era el día que en mi casa se desayunaba con churros. Unos días antes mi padre me había recordado la iniciativa de los churros de fantasía, y yo le había garabateado varios esbozos: una estrella, un perro, un sol, una luna creciente, etc. Ese domingo me dijo mi padre:
- Miguel, baja bien temprano a la churrería y dale a la Pepa tus dibujos. Luego, a eso de las dos (del mediodía), recogeré yo los resultados. Hoy no comeremos churros para desayunar, los vamos a tomar con el café.
Bajé los escalones de la escalera del inmueble de dos en dos, en segundos llegué a la churrería y le entregué los papeles a la Pepa. Al principio me miró la gente con cara de pocos amigos (entonces se hacían colas en las churrerías), porque me salté todos los turnos, pero cuando vieron que entregaba unos papelajos a la churrera se tranquilizaron.
Mi padre regresó a la hora acordada. No trajo todos los modelos que había llevado, pero sí la luna, la estrella, una cosa que más parecía un churro raro que un perro, pero daban el pego. Estaba tan contento que me daba hasta pena comérmelos.
Mi madre no daba crédito, no sabía si era más tonto el padre que el hijo, o al revés, el caso es que su familia la tenía alucinada.
Terminamos el café, ya podeis imaginar quien devoró los churros, una pista: mi madre y mi padre no. Al terminar le dije a mi padre:
- ¿Puedo hacer más bocetos para que la Pepa me los haga?
Y mi padre contestó:
- Puedes hijo, puedes, pero ¿como los vas a pagar?
Y contesté:
- ¿Pagar? ¿encima tengo que pagar? ¡qué me pague ella a mi!
Mi padre cambió la cara y puso voz de mal rollito:
- La gente no trabaja gratis, genio de los churros, si quieres que alguien te haga algo en la vida, o le pagas en metálico o le pagas en trabajo. Trabajar de churrero no te veo, y como no ahorras nada de la paga, pues olvidate de más churros de fantasía.
Mi madre, viendo el percal saltó:
- ¿Cuanto te ha cobrado la Pepa por esto?
Y mi padre afirmó:
- 200 pesetas (1,20 €).
Y a mi madre le dieron los siete males, ¡200 pesetas en churros! ¡ni una familia numerosa! Tan grande fue el cabreo que pilló que me castigó sin cenar esa noche y encima me dió un tortazo con la mano abierta en mi cabezita hermosa; que no sé que más me dolío, si el tortazo, o el pensar que esa noche no cenaba.
Y ahí terminó mi historia de de diseñador de churros de fantasía. Con lo que prometía mi carrera.
A Enelko se le habían terminado las ganas de vivir. Quería poner fin a su vida. No encontraba fuerzas en su interior para continuar en este mundo, y aunque pensamientos de terror sobre su familia le frenaban sus impetus, tenía decidido hacerlo. Quería terminar como una ecuación con incógnita igual a cero. Adios mundo.
¿Qué había pasado en la vida de Enelko para terminar así? esa es la pregunta de los padres del suicida, "muertos" en vida desde que su hijo terminó con la suya. Enelko tenía una vida cómoda: era funcionario con un cargo importante, estaba soltero, no se le conocía aficiones fuera de la legalidad, era amable con los vecinos, con la panadera, con la cajera del ultramarios. Una persona más de las que forman esta sociedad, con sus rarezas y con su vida anodina: de casa al trabajo y del trabajo a casa. Hasta que llegó un día que no salió más a la calle, y al tercer día empezaron a echarlo de menos. Lo que vino después todo el mundo se lo puede imaginar. El motivo de cortar una historia de raiz con nombre propio, el suyo, se lo llevó para siempre el autor a su tumba.
Enelko tenía claro que quería quitarse la vida de forma cruenta. Desde el principio había desechado el suicidio por envenenamiento.
De todas las horribles formas que pasaron por su cabeza, sólo dos llegaron al concurso final. Tenía que elegir cual de ellas utilizaría.
La primera consistía en cortarse las venas. El valor lo sacaría pillándose una borrachera, fumándose unos cuantos porros, y cuando estuviera ausente del mundo, se pondría la muñeca izquierda debajo de un cuchillo enorme que utilizaba para trinchar carne. Un fuerte folpe con la mano derecha, y en 5 minutos estaría desmayado por la sangría que ocasionaría el corte. Pero al final pensó que no era buena idea, que se asustaría, y de hacerlo, en esos 5 minutos, es posible que llamara al 112 y pidiera auxilio.
La segunda era devanarse el gagnate. Un movimiento lineal de un cuchillo jamonero con la fuerza suficiente y la aorta quedaría sesgada, adiós a la vida en segundos, adios a problemas en segundos, a tomar por culo todo. Si después de muerto alguien le lloraba, le daba igual; si después de muerto alguien lo reclamaba, que no siguieran buscandolo; si después de muerto "mataba" a otros, que hicieran lo que él tuvo el valor de hacer (¿qué valor? ¿el de enfrentarse a la vida o quitársela una mismo?).
Pero, Enelko no era tan "valiente" como pueda parecer porque, ¿a quien no le gustaría morir sin sufrimiento?, y Enelko quería morir degollado pero sin sufrir dolor corporal. Por eso tenía que idear un sistema de cortarse la vida a través del cuello sin que percibiera dolor. Un par de noches en vela e inventó el siega-aortas automático.
El siega-artoas automático constaba de:
a) Una catana, con un extremo que articulaba en un soporte. Un freno eléctrico mantenía la catana en tensión mediante una ballesta. Mientras el solenoide del freno estuviera recorrido por corriente eléctrica, como vida que recorre por las venas de un humano, la catana estaría en posición de "listo"; si se cortaba la corriente entonces la catana salía disparada en un movimiento semicircular.
b) Un asiento, para sentarse y esperar. Con el soporte y la catana en uno de los lados.
c) Un sistema que detectaba el cierre de los ojos. Es un poco caro pero se puede conseguir, algunos coches de lujo lo traen. Unas cámaras vigilan en todo momento el movimiento de los ojos, si detectan que al conductor le está entrando sueño, un pitido le despierta y le salva la vida o vidas por evitar un accidente.
El mecanismo construido era ni más ni menos que una silla, con una extensión metálica en donde se basculaba la catana, y frente a la silla el sistema de vigilancia de vigilia del sueño. Sólo quedaba reprogramar el avisador automático de manera que, saltara cuando estuviera profundamente dormido. En ese momento, a través de un software que da una señal, la catana se liberaría de su freno eléctrico, que la mantiene retenida, con una fuerza considerable para no retroceder en el choque del acero con el cuello, mataría al hombre sentado en la silla, que ya no era silla, era un potro de ejecución.
Enelko tuvo delirios mientras fabricó su máquina de suicidio. Tardó más de un mes porque la pieza detecta-sueños tuvo que venir desde Alemania, y eso le retrasó unas 3 semanas.
LLegó el día. Lo tenía todo: la vida para perderla, la máquina a punto, drogas para dormirse y su música preferida. Encendió el reproductor de CDs, se sentó, se tomó un bote de Dormidina y se dispuso a esperar.
Enelko miraba al led rojo del avisador de sueños peligrosos, al principio lo veía nítido, mientras escuchaba a The Beattles; al cabo de media hora empezó a verlo nublado, la borrachera no impidió que regresara al punto de inicio; cuando pasó algo más de una hora se quedó incosciente en el asiento. El mecanismo funcionó a la perfección, la catana le degolló el cuello y Enelko se fue.
Ningún vecino se percató que hacía días que no lo veía. Sus padres pensaban que ya llamaría. Sólo al tercer día, en el trabajo, lo echaron de menos y lo llamaron a su casa, y nadie descolgó el teléfono. La policía forzó la puerta ese mismo día por la tarde y encontró a Enelko en un charco de sangre.
El domingo me enteré que un vecino de mis suegros, al que conozco de unas tres veces, persona que nunca me pareció rara, se había suicidado. Lo habían encontrado al tercer día de su suicidio. Estaba soltero, llevaba una vida normal, era un cargo intermedio-alto en el Ministerio de Hacienda.
Cuando me lo contaron me recorrió un escalofrío, lo más que supe decir fue: "no lo he visto en T.V.". Lo siento por la familia. Ojalá no hubiera pasado porque no me hubiera inspirado un relato así.
Es martes y sigo aterrado, y preguntándome el porqué. Me da miedo la naturaleza humana.
Domingo, 15 de noviembre del 2009, son las 8:30 de la mañana y estamos desayunando Ana y yo.
Yo.- Ana,
Ana.- ¿Qué?
Yo.- Mañana es "lunes de chiste".
Ana.- ¿Cuando coño vas a ponerte a planchar el montón de ropa que hay encima de la cama? decías el miércoles pasado que lo harías ayer, y ahí sigue, a lo mejor estás esperando a que lleguen unos duendecillos y hagan el trabajo por ti.
Yo.- Ahora... después de desayunar. Venga, cuéntame alguno de esos que cuenta el Arguiñano.
Ana.- ¡Qué plasta eres! pero si luego te pones a planchar, a limpiar la cocina, a limpiar los baños y...
Yo.- Vaaaale, venga.
Ana.- Esto es un niño tan cabezón, tan cabezón, que le dice a su madre: "mamá, me pica la cabeza", y contesta la madre: "¿en qué sector de ella hijo, en qué sector?".
Yo.- ¡Joder qué malo!
Ana.- Pues el Arguiñano se meaba de la risa...
Mismo día, 16:00 horas GMT, Claudia está durmiendo la siesta y Ana intenta dormirse.
Yo.- Ana, ayúdame que he buscado en internet y no encuentros chistes.
Ana.- ¡Vete a tomar por (CENSURADO)! ¿Por qué no escribes alguna gilipollez de esas matemáticas tuyas!
Yo.- Oye, no es mala idea. El otro día estuve dándole vueltas a una teoría sobre las matrices "colorás"; resulta que partiendo de la longitud de onda del color rojo, mediante algunas matrices y algunos apaños, podemos deducir que el rojo despierta las bajas pasiones y...
Ana.- ¡Aaaaaagggggg!, ¡por Dios!, ¡me matas!, ¡¡no se te ocurra poner eso!!
Yo.- No... si Matritensis dijo en su día que invitaban al suicidio.
Termina el domingo, son las 21.00 y sigo sin saber que chiste poner. Pues nada, como no encuentro nada, pues aquí teneis 90 chistes (los he escuchado todos), algunos son muy buenos.
Que levante la mano quien no haya tenido nunca ninguna manía. Vale cualquiera, como: levantarse con el pié derecho, vestir con alguna prenda determinada cuando se va de "caza", tocarse alguna parte del cuerpo, etc. Me gustaría que las personas que pasaran por aquí escribieran algunas de sus manías en los comentarios, de esta manera podemos conocernos un poquito más todos. Yo contaré tres.
Yo tenía una muy curiosa con unos 11 años. La manía consistía en contar no menos de 7 SEAT 124 antes de entrar a clase por la tarde. De no hacerlo, corría el riesgo de sacar algún negativo si me preguntaban la lección; y si el recuento, en mi camino al colegio, era igual o superior al número mágico, entonces seguro que tendría algún positivo por decirla bien. Lo más cachondo era que la regla se cumplía, y alguna vez que no encontré el mínimo número de SEAT 124 me vine a casa con una mala nota; pero no porque no hubiera estudiado lo sufiente (entonces era un estudiante aplicado), no, negativo al canto por decirla mal, o a medidas, o con errores.
Esta manía me duró un curso entero. Se la copié a un vecino, José María, que no lo veo desde que tenía 15 años. La primera vez me salió bien, y la segunda, y la tercera, y la cuarta, y la quinta, y así duante 5 días a la semana durante los meses que dura un curso escolar. Menos mal que en aquella época el 124 era un coche muy común, si fuera hoy para contar 7 podían pasar hasta años.
No recuerdo el porqué la terminé por desechar. Sólo recuerdo que fue regresar de las vacaciones de verano... y de repente a mis compañeras de clase les habían crecido las tetas, y yo ya no estaba para contar SEAT 124; bastante trabajo me costaba asimilar los cambios que estaba sufriendo mi orondo cuerpo.
Otra muy curiosa era mi jersey de ligar. Todavía lo tengo (Ana lo tiene muy bien guardado). Es un jersey amarillo limón, que cuando me lo ponía y pretendía conocer a alguna señorita, pues eso, que terminaba conociéndola (a ver, en el buen sentido de la palabra, ¡¿eh?!). Nunca me falló, nunca, con Ana tampoco, la prueba está que me lo puse al segundo día de conocerla y ella sucumbió a su poder. No sé si era porque me favorecía o porque cegaba al reflejarse la luz sobre él en antros y garitos varios. Un misterio.
Y la tercera la recordé el sábado pasado viendo la película de "El Pisito" por T.V., en un ciclo al recientemente fallecido José Luis López Vázquez. Hay una escesa que aparece un local de Madrid con solera, son Las Cuevas de Sésamo. Me quedé impresionado al ver que hoy en día está exactamente igual que cuando se filmó la película, lo único que ahora no permiten bailar y entonces sí. Si no lo conoceis daos una vuelta, pero tendreis que ir muy pronto o esperar largas colas.
Las Cuevas de Sésamo las conocí con unos ventipocos años. Nos llevaron unas amigas de Aluche a tomarnos unas jarritas de sangría. Las tomamos y salimos todos emparejados y enrollados. Siempre que volvía me pasaba algo bueno o muy bueno. Si conocía una chica, y volvíamos a quedar, en la tercera o cuarta cita la llevaba allí, y el resultado de estar una hora (no se puede más, te puedes morir asfixiado) bebiendo sangría era como comerse el mejor dulce.
La última vez que estuve fue con Ana, ella no creo que lo recuerde, y el pasádo sábado hizo 8 años de eso. Recuerdo, que del papel de plata de un paquete de tabaco me hizo una rosa y me la regaló, me pareció el mejor regalo que me habían hecho hasta entonces. Caramba, cuanto la quiero y que poco se lo digo.
Y aquí están algunas de mis tres manías.
Bueno, soy todo un cotilla, venga, empezar a contar.
Me decía mi mejor amigo, cuando estábamos por el enésimo mini de cerveza calentorra en el Delicatessen: "joder macho, he oído que el exceso de alcohol reseca el cerebro y mata las neuronas", y le decía yo: "¡na! eso son chorradas de los médicos, ya bebían cerveza los egipcios y mira lo que llegaron a hacer, ¿otro mini?".
Me decía también mi gran amigo, cuando estábamos comiendo nuestras raciones de los viernes (poca cosa: una de oreja en salsa, otra de callos en salsa, y para teminar una de prueba de matanza; todo regado con una jarra de litro de vino de pitarra para diluir la grasuza de las viandas): "Miguelón, me está dando la matraca todos los días Aitziber (hermana de mi amigo, de profesión médico), dice que nos pasamos con la grasa y que se nos va a disparar el colesterol y la tensión", a lo que le respondía: "¿Tú que dices?", y él decía: "¡qué se vaya a cagar!", y yo para terminar respondía: "¡Muuuy bien dicho!, camarero, más pan para fregarle los cacharros de las raciones".
En nuestros paseos por la tarde, cuando no había nada que hacer, alguna vez él (mi amigo) me abordó un tema espinoso: "Miguelón, dicen que cuanto más follas mejor te funciona el ciruelo", pero como estaba prevenido, tenía respuesta para esos casos peliagudos: "dime cual es el número de quiquis semanales que se consideran aceptables para fortalecer el ciruelo", y él, medio riendo: "no menos de 4 semanales", pero yo zanjaba el tema: "serán anuales, hay mucho fantasma por ahí suelto. Seguro que quienes dicen eso se mantan a pajas".
Pues ahora, que han pasado los años, estoy pensando que la T.V., Aitziber y los "fantasmas" algo de razón tenían, porque estoy viendo que voy cuesta abajo y sin frenos, ¡joder que mal me ha sentado cumplir 18 tacos!; vale, vale, que no son 18, son 38, pero estoy atravesando una crisis como cuando cumplí 18.
En los tiempos que había excelente programación infantil en España, cumplir 18 años era sinónimo de libertad. De un día para otro pasabas de ser menor de edad a ser un hombre hecho y derecho, y tenías privilegios como:
- Pasar a las discotecas sin que el segurata actuara de muro. Aunque a mi hasta con 28 años me han pedido el carnet, JAAAAJAAA.
- Se ampliaba la hora de llegada a casa. Yo pasé de "a las 10 en casa" a "no vengas más tarde de las 3 de la madrugada", así de un día para otro.
- La ropa. Por fín tu madre se resignaba y dejaba de empeñarse en vestirte como a un niño de primera comunión. Si querías ir con los vaqueros rotos, o con la camisa fuera, o el pelo encrespado, te lo permitían, a regañadientes, pero como ya eras mayor de edad...
- Las churris. Bueno, bueno, ¡eso era lo mejor!, con menos de 18 años no interesas a nadie, y cuando los cumples... interesas.... a las de 14 - 16, que sí, lo sé, a esa edad son menores de edad pero por lo menos te tiran los tejos, que antes ni eso. Aunque debo de reconocerlo, siempre terminábamos fatal, las jodías sabían latín y nos dejaban a la altura de los chinotes en un zapato.
Y a cuenta de las churris, al cumplir la mayoría de edad legal, comienza una trepidante historia de Miguel en un antro de lujuria y pervesión.
Pues eso, eramos un grupo de pimpines con 18 años que se querían comer... todo aquello que tuviera pelos (el hambre, es muy malo). No teníamos éxito con las de nuestra edad, porque apuntaban a universitarios y le parecíamos unos niños; algo teníamos con niñas, pero las jodías nos vacilaban todo lo que querían, y nos entraban remordimientos; así que decidimos irnos a por las treintañeras, ¡toma ya!
A alguien del grupo le habían hablado de un garito en Ópera que era un antro de lujuria y perversión. Al parecer estaba frecuentado por treintañeras separadas o divorciadas con muchas ganas de marcha, que apuntaban a todo aquello que estuviera bien, y si eran jovencitos más; encima hasta te pagaban los cubatas. Tal vez el lema del local era: "por el interés te quiero Andrés".
Yo tenía muchos reparos, ¡me daban mucho miedo!, y algún otro no terminaba de verlo, pero al final decidímos ir. Para ello nos vestimos con el traje de corderito y arreando al antro a dejarse cazar.
Antro, lo que se dice antro, no era; era más bien una discoteca molona que no estaba llena de niñatos como nosotros, que abarrotábamos los garitos de los bajos de Argüelles. Para empezar tuvimos problemas para entrar con el portero del local, no empezamos bien y lo que bien no empieza... mal acaba. LLegamos a la puerta en panda y el portero nos impidió el paso, nos miró de los piés a la cabeza y dijo con acento de no ser madrileño:
"Carnets de identidad".
Sacamos los documentos, se los entregamos, y uno a uno los estudió con detenimiento (miraba la foto y luego nos miraba la cara, y por supuesto el año de nacimiento). Terminada la ronda se los dió a uno de nosotros y dijo:
"No quiero movidas, al que se pase lo saco a ostias".
Creo que más de uno nos hicimos caquita encima, pero al final pudimos entrar. Superado el primer escollo entramos en el local. Local que estaba todo oscuro, con la pista llena de tiarronas, que debían ser go-gos, y la barra abarrotada de gañanes mirando a la pista. Elegimos ir primero a la barra a repostar porque estábamos secos.
Uno de los camaremos nos sonrió y preguntó: "¿qué quereis chavales?", y todos a una: "cubata de DYC con Coca Cola", y antes de poner las bebidas el camarero respondió: "son 4000 pts (24 €), que se pagan por adelantado". ¡1000 pts por cubata en 1989! Encima eso no era DYC, era un brebaje sin alcohol con Pepsi; que eso fue lo peor, porque nosotros somos todos de Coca Cola y renegamos de la Pepsi como la peste.
Con los bolsillos rotos, no había más remedio que apurar el cubata al máximo. Si nos entraba más sed el únido remedio era ir al W.C. y echar un trago de agua del lavabo. Nos apoyamos a la barra y empezamos a mirar como el resto de gañanes... hasta que ojeamos a nuestras presas: un grupo de mujeres desmadradas de más de 30, ¡a por ellas!
Saltamos a la pista como el que se deja caer por ahí, y exhiendo nuestros cuerpos nos acercamos al "ganado". Las treinteañeras eran un grupo de aproximadamente el doble que nosotros, gritaban, se reían, bailaban, tenían tanta energía que no era normal, yo creo que alguna rayita de coca se habían esnifado. Ellas a su bola y nosotros haciendo el ganso al lado, ¡ni puto caso nos hicieron! Viendo el panorama decidimos hacer reunión urgente de objetivos y trazar un plan. No daré nombres, porque alguno podría tener problemas, los nombraré por los siguientes motes: el guapo, el que cuenta muy bien los chistes, el gañán 1 y el gañán 2.
- El guapo.- Lo mejor será que nos vayamos de aquí.
- El que cuenta bien los chistes.- Somos unos "acojonaos", las entramos con cualquier excusa tonta y directo al cuello.
- Gañán 2.- ¿Con qué excusa?
- Gañán 1.- ¡Qué sed tengo! ¿alquien me acompaña a los servicios?
- El guapo.- Vámonos que aquí no tenemos nada que hacer.
- Gañán 2.- ¡Joder! con la enculada que nos han metido por un vaso de aguarrás con Pepsi!, ¿qué clase de garito es éste que no tienen Coca Cola!? ¡yo no me voy sin necir nada a ninguna pava!
- Gañán 1.- ¿Quien dijo miedo? ¡al abordaje!
10 minutillos después, lo justo para ir al W.C. y echar un trago, volvimos a la pista. El grupo de mujeres estaba rodeado de hombres, que algunos podían ser nuestros padres, con el vaso en mano, la bragueta caliente y la cabeza a 10.000 revoluciones.
Pero las mujeres no eran tontas, ya nos habían visto y estaban esperando el regreso. En cuanto nos pusimos de nuevo a la pista a hacer el ganso, una de ellas se puso a hablar con el guapo.
- Mujer.- ¿De dónde eres?
- El guapo.- ¿Eh?
- Mujer.- ¿Vienes mucho por aquí?
- El guapo.- Ehhhh, no, ¿y tú?
- Mujer.- Es la primera vez. Somos un grupo de amigas que estamos de despedida de soltera. Hemos venido aquí porque dicen que hay mucha marcha y se liga un montón.
- El guapo.- Ah, mira te voy a presentar a mis amigos.
En eso que noto como me agarran por la camisa mientras empiezo a oler un poquillo a mierda...
- El guapo.- Este es Miguel, aquel ...
- Yo.- Hoooolaaaaa, preséntanos a vuestras amigas.
En mitad de la pista nos presentamos, unos besitos por aquí y otros por allá, y terminadas las presentaciones no recordaba ninguna de los nombres. Puestos en pié, sin bailar, esperando que ellas dieran el primer paso, dice una de ellas.
- Buenos chicos, nos vamos, ¡chao!, ¡pasarlo bien!
Y se fueron igual que habían llegado, causando sensación entre los hombres pero dejándonos peor que antes de aparecer.
Nos retiramos de la pista e hicimos piña en nuestra desdicha. Una noche más y sin comernos una rosca. A casita a dormir y con la paga del fin de semana fundida en una consumición.
No volvimos ahí, ¿para qué?, ¿para hacer el ridículo? Como el asno que siempre regresa a su establo, los siguientes fines de semana nos dejamos caer por donde se caían los de nuestra edad: bajos de Argüelles y Moncloa. Allí por lo menos las niñas de 16 años nos vacilaban y nos mandaban con la cabeza caliente y los piés fríos a casa; no como las treinteañeras que estaban de despedida, que nos mandaron con la cabeza fría, los piés fríos, y el "pajarito" congelado.
Creo que tendría para varios posts con mis anécdotas de mozo juvenil en busca de noche cachonda, que termina borracho y muy malito, por los bajos de Argüelles, a lo mejor me animo.
Os pido perdón si tardo en pasar a visitaros, pasar siempre paso, pero a veces a los dos días de haber publicado vosotros. De no hacerlo es porque no he podido, hoy creo que podré ponerme al día. Hoy tendré un buen día gracias a vosotros.
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